En transantiago, con seis meses de embarazo

Por Daniela Cea*

La Av. Salvador es muy concurrida por personas con movilidad reducida, yo creo que es por la presencia de clínicas, hospitales, laboratorios y centros médicos en general. Siempre vi en los paraderos y en las micros de ese sector personas con muletas, sillas de ruedas, adultos mayores, etc. Hoy cuando me subí a la micro, en la esquina de Santa Isabel con Salvador, me di cuenta de que desde ahora soy parte de ellos.

El torniquete que fue puesto para impedir la evasión del pasaje me ha jugado una mala pasada. Yo, con mi prominente barriga de seis meses de embarazo ya no alcanzo a pasar por él sin golpearme. Ya no quiero pensar que pasará a los ocho meses. El dolor físico que me provoca no es tan fuerte como el sentimiento que me dejó el pasar por él. Me sentí fuera de lugar, menospreciada por mi nueva contextura. Por la fuerza que hay que hacer para pasar por él y su tamaño, es evidente que está hecho para personas jóvenes, vitales, delgadas y con las manos libres para asirlo y pasar. Pero pasé, y avancé al medio del bus, aprovechando la luz roja del semáforo que permitía caminar con seguridad dentro de él. Me sentía cansada a pesar de que eran las 8:30 de la mañana, pero no pedí el asiento. Pasaron unos minutos y un hombre que estaba sentado cerca de mí, le respondió a una señora que al parecer lo increpó porque no me cedía el asiento. Su respuesta me sorprendió: “Ella (por mí) no quiere sentarse, si quisiera lo hubiera pedido”.

El torniquete no solo fue problema para mí. Subió una mujer que iba con un niño de unos siete años que tuvo que pasar arrastrándose por debajo de él, porque como el niño no paga, el torniquete no se mueve. Luego subió otra mujer con muletas y corpulenta que logró cruzar el torniquete con mucho esfuerzo. Me di cuenta de que se sentía avergonzada. A ella le ofrecieron el asiento, pero contestó golpeado: ¡No! Y en voz baja comenta: “no, porque no puedo subir ese peldaño que tiene el asiento”.

Son las 8.45 y me bajo en Plaza Italia, de ahí debo caminar unas seis cuadras para llegar a mi trabajo, que se me hacen eternas. Camino lento por el peso, el cansancio, pero también por precaución, los ciclistas siempre van rápido y algunos de ellos por las veredas. Mi lentitud afecta el flujo veloz con que todos se mueven en la calle. Todos pasan más rápido que yo. Creo que mi lentitud les molesta a varios. Esto es algo que no había notado antes. Ahora que estoy embarazada veo detalles de la ciudad que antes por mi velocidad no veía: sé cuánto dura cada semáforo que me toca cruzar, a cuales debo estar alerta porque el tiempo que parpadean es corto, sé dónde están los baches que aún no arreglan, por cual vereda llega el sol de otoño en la mañana, o por donde los ciclistas no pasan, sé que hay que tener cuidado cuando cruzo y vienen autos doblando por la segunda pista porque ellos no me ven y pueden atropellarme.

Nunca imaginé que un viaje de 40 minutos me iba a producir tantas emociones, y que mi propio estado me iba ayudar a visualizar a otros que, como yo, deben vivir la hostilidad de la ciudad.

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