Vuelta a la normalidad: borrar la memoria emancipatoria

Por Víctor Suazo Pereda*

Tras las masivas movilizaciones sociales llevadas a cabo durante la semana pasada en todo Chile – y tras plantear una serie de medidas superficiales que no abordan el trasfondo estructural que demanda la población – el gobierno hace un iluso y humillante llamado de vuelta a la ‘normalidad’.

Atendiendo a esta restitución de la ‘normalidad’, algunos municipios han desplegado – junto a grupos de voluntarios – estrategias para pintar fachadas con el objetivo de ocultar las innumerables consignas que se han producido en el espacio público durante los últimos días y limpiar calles para reponer los espacios que han sido “afectados” durante las masivas protestas. En palabras del alcalde de Santiago, son estrategias para reparar “el daño que hicieron unos pocos descolgados”. Sin embargo, esto más que constituir una estrategia de limpieza de la ciudad, que apunta a mantener un orden público sobre el espacio urbano, es más bien, una estrategia de borrado de la memoria emancipatoria.

Además de expresar descontento y demandas sociales – mediante los innumerables “Evade”, “No son 30 pesos, son 30 años”, “Fuera milicos”, entre otros, buena parte de los escritos realizados en el espacio público en contextos de movilización han sido herramientas de denuncia sobre la represión estatal. Violencias históricas que han sido sistemáticas y a veces simbólicas, pero que en tiempos de “estado de emergencia” se agudizan y se validan por el Estado.

En los últimos días, se ha acrecentado la producción de una serie de escritos que apuntan a denunciar públicamente en el espacio urbano los hechos de injusticia, abusos, vejaciones, represión, torturas, violencia, asesinatos y violaciones generalizadas a los derechos humanos que han perpetrado agentes del Estado hacia el pueblo chileno. «En Baquedano están torturando», señala un escrito sobre un paradero de micro en la Alameda cercano a la estación del metro. “Aquí se torturó”, señala otro en el acceso a la estación. Además de los innumerables «Nos están matando» que se encuentran en murallas y paraderos de Santiago.

Curiosamente, las estrategias de “limpieza”, que responden al llamado de restituir la ‘normalidad’, llegan justo a pocos días del arribo de la misión de la ONU para investigar violaciones a los derechos humanos durante las movilizaciones que se viven en Chile.

Aquello que se plantea como un mecanismo de restitución del orden y la limpieza, una forma de volver a un espacio urbano «civilizado» es, más bien, una estrategia para borrar el conflicto y el descontento social. Esta noción de “limpieza” es, ante todo, una estrategia de borrado de la memoria emancipatoria construida colectivamente en los últimos días a nivel nacional y, junto con ello, silenciar las violaciones a los derechos humanos denunciadas en las calles del país.

Lejos de ser simples rayados, la escritura en el espacio público, como la experimentada en los últimos días, constituye una forma de producción de un espacio urbano particular. Los escritos sobre murallas y mobiliario urbano son una forma de producir un espacio que es representado como espacio de reivindicación, manifestación y transformación social, pero también, como espacio de violencia y represión estatal.

Con la manifestación en el espacio público del conflicto social, se busca hacer visible aquello que – tal como la propia represión y abuso estatal – resulta invisible para algunos y algunas habitantes. En este sentido, la intervención gráfica en el espacio urbano es una manifestación en la que aquellos que han estado invisibilizados y desatendidos por la prensa oficial y las autoridades pueden “aparecer” y hacerse visibles en el espacio público. De este modo, espacios urbanos como la estación Baquedano – en las que se denunciaron torturas por parte de agentes del Estado – adquieren nuevos significados para sus habitantes.

La acción de pintar sobre estos rayados es un abierto llamado al borrado de la memoria emancipatoria que se construye estos días en las calles del país y, además, un posicionamiento político que apunta a la mantención del statu quo. Esta limpieza de aquello realizado por los “pocos descolgados”, es una forma más de criminalización de un movimiento social que reclama demandas históricas, complejas, estructurales y heterogéneas, que se sintetizan en la noción de «dignidad». La limpieza de la ciudad que apunta a restituir la ‘normalidad’ es, justamente, aquello que las manifestaciones sociales buscan erradicar: una abusiva normalidad basada en los privilegios de unos pocos, en la represión estatal, en la desigualdad social, en la explotación de los territorios y de la vida cotidiana de sus habitantes. Una estrategia que sigue vandalizando la manifestación social, pero en la que las murallas gritan lo que la prensa oficial calla.

 

**Arquitecto, Magíster en Desarrollo Urbano

 

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