Gestión cooperativista de Vivienda y Barrio

Por Habitar Colectivo*

Un sector importante de la producción de vivienda, en el Chile del siglo XX, se desarrolló a través de prácticas y experiencias cooperativas, solidarias y de lucha, como una forma de responder de manera comunitaria y organizada a esta necesidad.

La dictadura cívico-militar en Chile impactó de manera profunda en el movimiento de pobladores que se organizaban y construían de manera ascendente una alternativa popular. Tanto la represión física como la implementación de políticas económicas y sociales de corte neoliberal, lograron progresivamente socavar lo que hasta antes del año 73 se había construido en el ámbito de lo popular. De esta manera, en lo relativo a la producción del hábitat, el conjunto de políticas  urbanas, por una lado orientadas a la liberalización del suelo (D.S N°420 DE 1979) concibiéndolo como un bien no escaso y el fortalecimiento a las políticas subsidiarias posicionaron un nuevo escenario, donde la demanda habitacional pasa a ser un ejercicio de carácter individual y no colectivo. O sea, lo que antes era un proceso que se llevaba a cabo de forma comunitaria y organizada, pasa a ser con esta nueva lógica,  una demanda individual por la propiedad privada. Entonces el modelo subsidiario de vivienda, desde aquel tiempo a la fecha, se ha perpetuado y protegido inobjetablemente por todos los gobiernos post-dictadura (Gobiernos de la Concertación y de Derecha), justificando aquello con la idea de la disminución del déficit cualitativo habitacional y no como una demanda política y social más amplia y participativa.

Entendemos que los procesos políticos y sociales son cíclicos. Pese a la consolidación de las políticas neoliberales en el país, las organizaciones sociales y de base están en proceso de reconquista de derechos sociales, reivindicando prácticas y espacios populares. Estas mismas organizaciones, han posicionado en la discusión pública la contradicción central que conlleva el actual modelo de obtención de vivienda, la cual se ha basado en una política de segregación, precarización y sobreendeudamiento, donde a los más vulnerables se les aplican los subsidios, y para los “no-pobres” (según los instrumentos de medición del Estado) el único camino es la bancarización. Es más, los conjuntos habitacionales construidos bajo estas política, hoy son objeto de intervención social (Programa Quiero mi Barrio), de mejoramiento en sus condiciones de habitabilidad e incluso de su demolición total (Población Parinacota de Quilicura y Bajos de Mena en Puente Alto) .

En la actualidad, el escenario mundial nos presenta a las cooperativas de vivienda como una forma de producir socialmente el hábitat. Las comunidades las implementan desde los valores y principios fundamentales del cooperativismo, mientras que la institucionalidad las reconocen y fomentan; ejemplo de aquello es lo realizado por la Federación Uruguaya de cooperativas de vivienda y apoyo mutuo (FUCVAM) en Uruguay.

En nuestro país, la gestión cooperativista de la vivienda y el barrio se establece cada vez más como una alternativa viable a los mecanismos mercantiles y del Estado en cuanto producción habitacional actual. Diferentes comunidades y territorios están comenzando a implementar este modelo,  posicionando la producción social del hábitat basada en criterios de apoyo mutuo, propiedad colectiva y autogestión.

Pero, ¿de qué se trata la gestión cooperativista de vivienda?

La gestión cooperativista de vivienda ante todo pretende ser una herramienta política, económica, social y cultural de comunidades organizadas que reivindican el derecho fundamental a la vivienda y la ciudad.  La expresión legal de este modelo es la conformación de cooperativas de vivienda cerradas reguladas por el Ministerio de Economía, fomento y turismo.

En términos políticos y organizacionales, las cooperativas de vivienda cerradas son una alternativa frente a los canales tradicionales como los son los comités de vivienda (agrupaciones de pobladores y pobladoras) en cuanto modelo de gestión habitacional. Si bien ambos tipos de organización, los comités y las cooperativas, tienen como objetivo responder a la necesidad de una vivienda la diferencia es que las cooperativas por su carácter legal, principios y valores son una unidad productiva donde las comunidades pueden ejercer la democracia directa y participativa del proceso de producción habitacional. De esta manera, las cooperativas plantean el desafío de gestionar por los propios habitantes de manera colaborativa las diferentes dimensiones de la gestión: económica, administrativa, constructiva y social. El hecho de que las estructuras organizacionales y legales de producción habitacional cambien implica que frente al escenario de la producción habitacional se abren nuevas posibilidades de cómo pensar y producir el hábitat.

Una de estas posibilidades radica en que al conformarse en una cooperativa de vivienda cerrada existe la opción de tomar el control financiero y de gestión del proyecto habitacional, debido a que en el marco de la política habitacional chilena las cooperativas de vivienda pueden ser Entidades Patrocinantes. En otras palabras, las propias familias gestionan mediante el modelo cooperativista los recursos del Estado, existiendo con ello la real posibilidad de mejorar los estándares  constructivos, de habitabilidad y terminaciones de las viviendas y barrios, todo esto evitando el lucro excesivo de las constructoras y otras empresas relacionadas a la construcción. A su vez existe la posibilidad de la exploración de la economía de escala, la creación de redes productivas cooperativas para el desarrollo del proyecto habitacional y la ejecución de prácticas sociales como la autoconstrucción asistida, el diseño participativo, etc. En complemento a lo anterior, el empoderamiento de las pobladoras y pobladores y el trabajo bajo el paragua de los principios cooperativistas, permite posicionar el derecho a la vivienda como algo más que sólo la vivienda y la propiedad privada. El cooperativismo nos obliga a tener una visión de un barrio integral, donde se consideren desde un inicio múltiples dimensiones como la ecología, la salud, la educación, el trabajo, la propiedad colectiva, entre otras. De esta manera se logra que podamos hacer un cambio desde el consumidor pasivo o subsidiado hacia la pobladora y poblador productor de su propio barrio.

La gestión cooperativista de la vivienda y el barrio se plantea como un modelo de gestión de barrios alternativo al subsidiario o de bancarización que nos propone el Estado neoliberal. Nos enfrentamos a la reivindicación de prácticas sociales, democráticas y participativas, las cuales serán resistidas por varios actores involucrados en los procesos de producción habitacional.

Uno de los principales desafíos es plantear un proceso de educación cooperativista, ya que entendemos que antes de conformar legalmente cooperativas de vivienda, se requiere que existan personas con cultura cooperativista y dispuestas a abordar las complejidades de los proyectos.

En definitiva, el cooperativismo es una práctica que, utilizada bajo sus valores y principios fundamentales, puede dar respuestas concretas a las necesidades de las comunidades de forma continua y sostenible, no solo de un producto (casa) sino que de un proceso de gestión (barrio). Así, la construcción de un nuevo tejido social del movimiento de pobladores en base al cooperativismo plantea la construcción de hábitats dignos a escala de barrios y en última instancia  la construcción de poder autogestionado como una vía alternativa al mercado y al Estado.

 

*Habitar Colectivo

Cooperativa de Trabajo Kincha

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