Espacios lúdicos informales

Por Tatiana Bravo Maulén

Antiguamente, los seres humanos eran conscientes de sus cuerpos y de la capacidad transformadora que éstos tenían sobre el territorio; andar, construir, sembrar, cosechar, todas las acciones de supervivencia implicaban movimientos corporales y la ocupación del espacio en que se llevaban a cabo, resultando en su modificación (Pallasmaa, 2015).

Pero desde hace algunas décadas, nuestra forma de percibir el mundo cambió, afectando directamente la configuración de los asentamientos urbanos. La mercantilización de la arquitectura, el desarrollo de nuevas tecnologías, la innovación en las formas de movernos por la ciudad y la consagración del espacio virtual como nuevo universo para la socialización y actividad humana, han incidido en el desapego de la realidad corpórea y sensual del mundo, provocando que muchas de las prácticas existentes, no solamente se modifiquen, sino que desaparezcan por completo del espacio público, afectando directamente las capacidades motrices y sensoriales de los seres humanos.

En este sentido, a diferencia de otros tiempos en que se exploraba el mundo con el cuerpo, se ejercitaba la destreza física y todo servía para jugar, las prácticas lúdicas —aquellas derivadas del juego— se han visto obstaculizadas por la creciente comercialización de las áreas públicas y la construcción de vías exclusivas para el tránsito vehicular. Es así como poco a poco, los espacios lúdicos se han desplazado de lugares públicos y abiertos, a espacios cerrados, predefinidos y especializados, institucionalizados, perdiendo las prácticas activadoras del entorno urbano y de los distintos barrios de la ciudad.

Pese a los avances tecnológicos y el deterioro urbano producto del crecimiento acelerado y desmedido de la ciudad, los juegos han logrado subsistir escondidos en el subconsciente colectivo, a través de tradiciones traspasadas de generación en generación y prácticas espontáneas reiteradas en distintos espacios de la ciudad.

Es así como la relación de juego y lugar se ha desenvuelto siempre entre dos extremos: de un lado, aquel regido por la regla consecuente con un tiempo y espacio, disciplinado y estable. Por otro, abarca el juego en su expresión más espontánea (Pérez de Arce, 2003). Aquí, parecen fundamentales las ideas del sociólogo francés Roger Caillois (1967), quien ordena el juego en dos dimensiones, distingue por un lado los juegos cargados de convencionalismos arbitrarios e imperativos —el juego normado o ludus—, y por otro, aquellos en donde reinan la libre improvisación y turbulencia —el juego libre o paideia—.

A través de la historia, el juego se ha consolidado en la trama urbana, tanto de manera formal como espontánea y natural, de esta forma, podemos distinguir dos tipos de espacios lúdicos: el espacio lúdico formal, que nace como resultado de la administración y control de las necesidades y prácticas humanas, materializada en políticas públicas o planes reguladores. Y los espacios lúdicos informales, que surgen de la apropiación de espacios residuales por iniciativa propia —transformar la calle en una cancha, aceras en pizarrones, terrenos abandonados en lugares de encuentro—, en contraposición a la norma y la definición de espacios y momentos de juego, escapando de las regulaciones y exigencias de la ciudad. Éstos reciben la denominación de “informales” no porque sean informes ni porque carezcan de importancia, sino porque constituyen el resultado de las interacciones corporales con los componentes materiales preexistentes en el espacio público, y las prácticas lúdicas espontáneas ejecutadas como respuesta.

En los últimos años, a través de iniciativas públicas y privadas, se han implementado intervenciones urbanas con el propósito de reacondicionar y transformar los espacios públicos en lugares más amables y atrayentes para niños, niñas, adolescentes y peatones en general, buscando mejorar la calidad de vida de los habitantes de las ciudades, previniendo conductas negativas, fomentando la recreación y el buen estado físico (Hörschelmann & van Blerk, 2011). Pero el foco central de estas, se encuentra en la recuperación del espacio público en general, apuntando al desarrollo de artefactos estandarizados y modelos normados de juego que puedan ser instalados en cualquier lugar, de manera rápida y eficiente, olvidando las prácticas lúdicas espontáneas desarrolladas en los distintos rincones de la ciudad, y lo interesantes que éstas resultan, ya que han sido capaces de intervenir en la forma urbana y en las funciones predeterminadas del espacio público, principalmente a través de acciones libres y espontáneas —correr, caminar, equilibrar, saltar, girar, bailar— realizadas por los individuos que lo habitan, transformando el espacio en función de sus cuerpos en movimiento, configurando así, espacios informales de juego.

Ahora bien, la mayoría de las veces espontaneidad y convención son vistas como entidades de signo opuesto, incompatibles y excluyentes una de la otra. Cabe entonces preguntar, ¿de qué forma el entendimiento de las prácticas lúdicas libres y espontáneas y de los espacios lúdicos informales podrían aportar al diseño y desarrollo de espacios lúdicos formales?

Bibliografía

Caillois, R. (1967). Los juegos y los hombres, la máscara y el vértigo. México, D.F.: Fondo de Cultura Económica.

Hörschelmann, K., & van Blerk, L. (2011). Children, youth and the city. United Kingdom: Routledge. https://doi.org/10.4324/9780203967560

Pallasmaa, J. (2015). Los ojos de la piel: la Arquitectura y los Sentidos (2a ed.). Barcelona: Gustavo Gili. S.L.

Pérez de Arce, R. (2003, diciembre). Materia lúdica: Arquitectura del Juego. ARQ (Santiago), 55, 9–15. https://doi.org/http://dx.doi.org/10.4067/S0717-69962003005500003

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