Un Chile que creíamos conocer

Por Balam Sánchez Abúndez*

Llegué a la ciudad de Santiago un mes atrás, dispuesto a presenciar los festejos patrios del dieciocho de septiembre. En aquél entonces, como mexicano, venía expectante ante el país con mayor crecimiento económico en América Latina y sin duda me encontré con una imagen de prosperidad: el orden en la ciudad de Santiago resultaba excepcional, la imagen de su transporte público, impecable y eficiente y la ley parecía cumplirse y respetarse sin cuestionar. Al mismo tiempo era impresionante observar algunos aspectos de la vida cotidiana completamente distintos a mi realidad: por todas partes anuncios sobre seguros, créditos y préstamos, las AFPs apostadas en cada publicidad, los pequeños comercios capaces de aceptar pagos con tarjeta bajo múltiples opciones, incluidas las transferencias por celular y sobre todo el rostro decadente de la educación pública, donde los liceos del Estado son cada vez menos y se enfrentan a la pérdida de estudiantes que prefieren la educación privada, teniendo que cerrar sus puertas. Tuve que entender lo que representaba un preuniversitario, figura inexistente en mi país pero que en Chile resulta fundamental si se quiere ser competitivo y capaz de ingresar a la educación superior, donde además es necesario hacer una gran inversión, incluso si se trata de las universidades públicas y de lo cuál depende en gran medida tu futuro, por lo que resulta imperativo formar la mejor currícula posible en un mundo laboral de alta competencia profesional.

Yo sabía que en Chile imperaba un modelo eminentemente neoliberal, instaurado desde la dictadura y que continuaba dirigiendo el funcionamiento del país, lo cuál parecía verse con mucha naturalidad. Los propios chilenos lo reconocían, habían estado tanto tiempo inmersos en ese sistema que era complejo entender la forma en que lo reproducían y sobre todo las formas en que lo validaban.

Incluso el día que subieron la tarifa del metro transcurrió con normalidad. Tan impecables como siempre se colocaron los nuevos carteles de precios, y la gente continuó varios días sus vidas con normalidad pese a que algo comenzaba a gestarse. Yo atribuía su pasividad a una supuesta “costumbre” al sistema, justificada en el conocimiento de los expertos y en las fluctuaciones del mercado, con lo que el aumento parecía completamente justo y sobre todo, asequible ante los ojos de los usuarios. Me equivoqué.

Las movilizaciones al grito de EVADE! vinieron a cimbrar el piso de la sociedad entera y, curiosamente, lo hicieron desde los más jóvenes, aquellos nacidos ya en plena democracia y a quiénes justamente el alza en los precios no afectaba directamente. Su actuar fue como un terremoto que movió en lo más profundo de las conciencias el cansancio de un pueblo entero ante un modelo que no había traído más que desigualdad, individualización y pérdida de los derechos más fundamentales, como la salud y la educación gratuitas o el derecho a una vejez digna a manos de un mercado que todo lo transforma en mercancía.

No fueron los treinta pesos del metro, fueron treinta años de una democracia incapaz de superar el modelo dictatorial los que llevaron a los chilen@s a experimentar un despertar colectivo y contundente, donde el cinismo del gobierno fue la gota que derramó el vaso y los jóvenes aquellos capaces de encender la mecha de una nación entera cansada de la violencia estructural a la que ha venido siendo sometida por décadas.

Lo que siente un mexicano que hoy se mira reflejado en sus rostros no es más que una admiración profunda ante un pueblo que no estuvo nunca en el letargo, que vivió presa del más deshonesto experimento neoliberal jamás llevado a cabo y que aún así tiene hoy la fuerza de unirse en pos de una sola lucha: dignidad!

El Chile que creíamos conocer ya no existe o tal vez nunca existió. Las jornadas históricas que hemos atestiguado así lo demuestran. Parece que el dieciocho seguirá siendo para el pueblo chileno un número de buen augurio.

*Pasante mexicano en el Magíster de Hábitat Residencial INVI FAU

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