Foto-ensayo: “Fracturas expuestas” por Ignacio Fouilloux

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Cuando la máquina de Ford señorea la ciudad, se ajan relaciones humanas y se cercenan barrios, se silencian aves y el arbolado se apesta con gases de combustión, se enturbia el cielo y la cotidiana sinfonía de bocinazos descolla en nuestros oídos. El automóvil, por lo general, tiene trazado un punto de partida y uno de llegada: un flujo predeterminado que no permite percibir la ciudad, palparla, pues la lógica que entraña no permite sino atravesarla.

La situación se ennegrece cuando las franjas de concreto por las cuales los automóviles se deslizan, son situadas lejos de donde moran sus principales usuarios, sacrificando así el entorno de algunos por la comodidad de otros. El espacio público se ve acorralado y degradado en pos de que las arterias urbanas se atiborren de estruendo y polución. El automóvil es anti cívico en substancia; des-encuentra. Cuando el espacio público -en donde se reproduce y alimenta nuestro ser social- tiene menos que ofrecer, el urbanita se repliega a su hábitat residencial. De esta manera, se termina des-uniendo al que está cerca.


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