Escúchala: Ciudad y vivencias de Acoso Callejero

Por Wilda Gárate, Geógrafa.

Imagen por ilustrador José Saavedra.

“¿Por qué andabas sola?”; “¿Por qué caminabas de noche?”, “¿Por qué no te defendiste?”;” ¿Por qué te expones?”.

El Acoso Callejero, es un tema fundamental al hablar de violencia de género en el espacio público. Son prácticas, vividas de forma cotidiana por las mujeres, que se evidencian en nuestras ciudades de América Latina. Pese a ello, este tipo de violencia sigue siendo invisibilizada, naturalizada y silenciada en nuestros espacios. Muchas veces, recayendo la responsabilidad del hecho de Acoso en las propias mujeres, víctimas de estos actos, por caminar solas, por salir de noche, por no defenderse, por no prever que estas situaciones podrían ocurrir.

Este tipo de violencia vivida por las mujeres en el espacio público, es de carácter verbal como no verbal; va desde miradas intimidantes, piropos, silbidos, persecución, hasta el contacto físico directo como arrinconar, agarrar partes íntimas del cuerpo (trasero, senos, vulva), friccionar y presionar con los genitales del hombre contra el cuerpo de una mujer, entre otras manifestaciones.

Comúnmente, la violencia de género sólo es asociada a un tipo de violencia que ocurre en el espacio privado, la cual se manifiesta físicamente, dejando marcas visibles en el cuerpo de las mujeres. Derivando con ello, en justificar o ignorar las prácticas de violencia que viven las mujeres en las calles de nuestras ciudades. Pues, aparece como algo excepcional, tolerable y hasta pintoresco, generando en las mujeres que lo han sufrido, una re-victimización y conduciendo al silencio.

Asimismo, algunos hombres relacionan el Acoso Callejero como “cumplidos” que tienen el sentido de manifestarle a una mujer que gustan de ella, sin ningún consentimiento previo, sin esperar respuesta a cambio e independientemente de cómo sus actos influyen en ellas. Es por ello, que cuando conductas como los piropos, silbidos, palabras o miradas sugerentes, se censuran y se les da un significado ofensivo, ellos rechazan las críticas y legitiman estos actos a través de excusas y/o justificaciones.

Consecuentemente, relatar estas vivencias no es un hecho fácil, son experiencias de violencia que mayoritariamente las mujeres sólo comparten en el entorno más cercano e íntimo como la familia. Cuando la mujer habla de su vivencia de Acoso Callejero, perturba y desordena, generando en el entorno que no se le escuche o se le adjudique cierto grado de responsabilidad por lo ocurrido y la sospecha se vuelve sutilmente hacia ella (“no debiste andar sola”, “no debiste salir tan tarde” “no debiste andar así vestida”).

Conjuntamente, al no ser escuchadas y/o adjudicarles responsabilidad del hecho, se incentiva el autocuidado en las mujeres que han vivido Acoso Callejero. De esta forma, ellas comienzan a plantear estrategias que les permite usar las calles, pero que están fuertemente influenciadas por el miedo. Así, por ejemplo, limitan sus salidas de noche, o definitivamente, no salen de noche. Deciden alterar sus trayectos cotidianos para evitar el lugar o el medio de transporte donde ocurrió el hecho de Acoso Callejero. Producen una pérdida de autonomía en su movilidad, viéndose obligadas a estar siempre acompañadas (no andar solas). Eluden sitios donde podrían ser acosadas como lugares solitarios, oscuros o con baja visibilidad, donde se pueda desarrollar un evento de Acoso sin la posibilidad de ayuda (ver y ser vistas).

Sobre la base de lo expuesto, se puede dar cuenta de un hecho que condiciona la vida de las mujeres en el espacio público, inhibe su sensación de seguridad, restringe su libertad de tránsito, conllevando un retroceso en sus derechos ciudadanos y que como sociedad debemos hacernos cargo. Pero, ¿cómo hacernos cargo de aquello que no se habla, que no se escucha y que se desconoce cómo práctica de violencia?

La premisa general, es permitir hablar a las mujeres que han sufrido Acoso Callejero y que rompan el silencio que envuelve sus vivencias de violencia. Para que broten las palabras y visibilizar la existencia del Acoso, hay que generar un ambiente de escucha, credibilidad, respeto, y empatía, sin cuestionamientos, que genere la confianza en decir esas palabras que al momento del Acoso no pudo decir. Aquellas que no las ha contado fuera del ámbito íntimo. Es necesario un trato deferente que repare la violencia vivida, evitando juzgarlas o silenciarlas por tratarse de un fenómeno “normal” en nuestras ciudades.

Siempre se debe tener presente que, la violencia hacia el cuerpo femenino, es un ataque a su identidad y subjetividad, es decir, aquello que nos constituye como personas. Por lo tanto, la invitación es que todos/todas, reconozcamos este tipo de prácticas como violencia, facilitemos a las mujeres contar sus vivencias y sensibilicemos a nuestros entornos sobre estos hechos. Todo ello, guiaría a la sociedad en su conjunto a cuestionar sus comportamientos y podría contrarrestar estas prácticas que restringen a las mujeres en el espacio público.

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