La bicicleta, un dispositivo de reflexión ciudadana

Por Miguel Valderrama Vargas, Diseñador, Licenciado en Diseño PUCV. Docente FAU U de Chile. Investigador y guía patrimonial Bicipaseos Patrimoniales.

En los últimos 10 años el uso de la bicicleta en el contexto urbano ha cambiado drásticamente. La implementación del Transantiago en el año 2007 en la capital marca un punto de inflexión en el incremento del número de viajes diarios (750 mil viajes)[*], sumándose a una tendencia mundial que ha favorecido el uso de este medio de transporte ecológico y singular.

No nos ocuparemos de las razones que han motivado este aumento, ni del cambio de conciencia que ha dejado de ver la bicicleta sólo como un instrumento deportivo por una real opción de intermodalidad en el transporte urbano. La diferencia que existe entre la interacción del usuario de un vehículo motorizado y la del ciclista con la ciudad abre un espacio de observación que intentaremos abordar.

Un ciclista se mueve por la energía que se autoproporciona para su desplazamiento, colocándolo en una categoría muy próxima al peatón. El frágil pero casi mágico equilibrio que lo sostiene, lo condiciona a ser mucho más consciente de su situación espacial y contextual que el usuario de otros medios de transporte. La velocidad en su trayectoria es también un factor de diferenciación, siendo más eficaz que el transeúnte y menos impulsivo que el automovilista, ya que su avance es gradual y depende exclusivamente de su capacidad física. Esta condición le proporciona un aura especial, un punto de observación e interacción que es único, perceptivo y sensible al entorno.

El ciclista debe estar consciente de la vía por la cual se desplaza en lo inmediato: hoyos, grietas, objetos, vidrios, charcos de agua, perros, peatones siempre impredecibles y otros vehículos influenciarán y condicionarán su paso. La vibración de su vehículo le permite conocer el territorio por el cual se moviliza con una mayor sensibilidad.

En lo próximo, el ruido, bocinazos, voces, colores, olores, temperaturas y condición climática anuncian y configuran esta atmósfera que el ciclista utiliza como información en su diario desplazamiento.

Esta vulnerabilidad circunstancial puede ser utilizada a su favor para conocer el espacio apreciando otros aspectos de la ciudad que habitamos y que generalmente los usuarios del transporte motorizado pasan por alto, a diferencia de quienes vivimos y padecemos una ciudad que pedaleamos diariamente.

La bicicleta es en sí misma un medio de transporte transversal, democrático, ecológico y económico. Se ha transformado en un símbolo de resistencia en una metrópoli desigual y neoliberal como Santiago. Es un dispositivo de reflexión ciudadana, un instrumento para adentrarse en el contexto citadino y que se mueve a otra velocidad de autos y peatones, permitiendo observar los cambios del entorno que obedecen a diversas políticas de administración, de planificación (en el mejor de los casos), de equipamiento y destino. Asímismo, permite comparar las transformaciones que se manifiestan en la diversidad de calles, barrios, comunas cuyas características urbanas y arquitectónicas definen aspectos sociales y de uso de la ciudad.

El ciclista se sale de la rutina; esa rutina de tránsito adormecido y mecánico. Muy por el contrario, el pedalero en su transcurrir se abre a la calle como a un espacio de posibilidades donde todo puede acontecer. Su vida y su propia seguridad dependen de ello.

Más que una moda, el incremento del uso de la bicicleta obedece a un cambio ideológico frente al medio ambiente y al sistema económico. La aparición de grupos de activismo ciclista es una clara muestra de ello, liderando una propuesta urbanística no segregadora donde la bicicleta es considerada un vehículo más en la calzada.

La ciudad contemporánea experimenta una evolución hacia el uso y revaloración del espacio público, ralentizando el tráfico, abriendo lugares para el encuentro, generando zonas de pausa y belleza donde la bicicleta, las ciclovías y las áreas peatonales cumplen un rol importante, devolviéndole la humanidad y el carácter ciudadano a la urbe. No obstante, lo primordial es la educación vial fundamentada en la inclusividad y el respeto por el otro para que peatones, ciclistas y automovilistas cohabiten en orden y armonía.

Frente al feroz aumento del parque automotriz (1,5 millones de automóviles en la región metropolitana[*]), la buena noticia es que movimientos y organizaciones de biciactivismo han motivado a que más personas comprueben que el uso de la bicicleta fortalece la musculatura de la conciencia ciudadana, educa el cuerpo y el espíritu en la autodeterminación, vigoriza la voluntad política en cuanto tomar la ciudad como algo propio y aumenta la generosidad cívica para compartir el espacio urbano. Andar en bicicleta permite mejorar la salud mental de un ciudadano culturalmente activo.

¡Larga vida a la Bicicleta!

 

foto3_bppBicipaseos Patrimoniales. Agrupación que difunde el patrimonio cultural y urbano de Santiago a través de actividades que promueven el uso de la bicicleta. (Foto Rodrigo Padilla – Bicipaseos)

 

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“La casa del hombre moderno” Asistentes a cicletada cultural sobre arquitectura moderna en Santiago en el conjunto habitacional El Polígono realizada por la agrupación Bicipaseos Patrimoniales (Fotografía de Cristián Labarca – Bicipaseos)

[*] EOD (Encuesta origen destino 2015) publicada por el MTT


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